Cortometraje · 2019
Guion · Dirección · Coproducción
El Cuarto de Creta nació de una búsqueda visual muy específica: construir tensión sin revelar completamente al espectador la presencia del chango moviéndose y acechando al sujeto. Desde el inicio, la intención fue trabajar con la cámara sin cortes, permitiendo que la amenaza habitara el espacio de forma invisible, periférica y progresiva.
La idea era que el espectador no pudiera descansar. Mientras el personaje sostiene un diálogo cargado de culpa, deseo y distancia emocional con su esposa —y con la necesidad de volver a hablar con su hija—, algo más se mueve dentro del cuarto. La tensión no dependía únicamente de lo que se veía, sino de lo que se intuía.
El proceso de escritura partió de un texto previo que yo había desarrollado. A partir de ese material comencé a estructurar el guion, buscando equilibrar dos fuerzas: el conflicto íntimo del personaje y la presencia inquietante del chango. Una vez terminado el guion, el proyecto pasó a una etapa de visualización mediante storyboard, donde empecé a imaginar el recorrido de cámara, los desplazamientos, las pausas y la forma en que el espacio podía convertirse en una trampa emocional.
El storyboard atravesó varios ajustes cuando se definió la locación. Sin embargo, el día de grabación surgió un problema con el espacio asignado y fue necesario improvisar una nueva locación. Ese cambio obligó a replantear por completo el trazo escénico, reorganizar el movimiento del actor, adaptar el recorrido de cámara y volver a ensayar con el crew desde cero.
Fue en ese momento donde el proyecto encontró una nueva energía. El equipo comenzó a entrar en una sinergia real y entendió la visión original: construir la pieza como una sola toma, sin romper la continuidad emocional ni la tensión espacial. Después de 33 tomas, y alrededor de las 6 de la mañana, logramos terminar la grabación.
Uno de los procesos en los que más me involucré fue la iluminación. Elegí personalmente las lámparas, su disposición y la manera en que podían producir un efecto cambiante de color dentro del espacio. La luz no funcionaba solo como recurso técnico, sino como una extensión del estado mental del personaje y de la tensión que se iba acumulando en la escena.
También fue un ejercicio de producción con recursos limitados. Parte del reto consistió en encontrar soluciones prácticas para mantener bajos los costos sin sacrificar atmósfera, intención visual ni complejidad narrativa. Para mí, El Cuarto de Creta fue una experiencia fundamental porque me permitió entender que dirigir también significa resolver: adaptarse al accidente, reorganizar el espacio, sostener una visión y convertir las limitaciones en lenguaje cinematográfico.